lunes, 6 de febrero de 2012
UN OFICIO: ESCRIBIR
jueves, 22 de diciembre de 2011
LAS ERAS DE MIS NAVIDADES
domingo, 13 de noviembre de 2011
EL MÁS ALLÁ DE LA LECTURA

- EL MÁS ALLÁ DE LA LECTURA -
La barriga hacía oscilar la flecha de su corbata por fuera de la barandilla de su piso céntrico. Contemplaba un esquinazo de la acampada en la plaza, sorbiendo su café, regado con unas gotas sabias de brandy, con cierta molestia que se reflejaba en esa peculiar curvatura de su labio superior que adoptó cuando las gastritis se hicieron tan perseverantes. Lo que le parecía inadmisible es que hubiera, junto a los jóvenes que habían tomado la plaza por asalto, gentes de su misma edad y aún mayores. Su suspiro, tras el último sorbo de café, se enroscó en sus pulmones en una flema que tuvo que toser para despegarla. Entró en la casa y tomó de la mesita baja de madera noble el diario del día. Buscó un articulo en concreto para leerlo con avidez, al tiempo que su labio se destensaba y su barriga acompasaba el vaivén de su pecho. Aunque hacía demasiado calor para ser primavera, cerró las ventanas de golpe, echó las persianas y conectó el aire acondicionado. Se estiró la chaqueta sobre las solapas, ajustándose el nudo de la corbata, antes de teclear el móvil. Al segundo tono, le contestó una voz femenina con la que intercambió una serie de datos.
- ......... Perdón, joven, pero hoy me gustaría que viniera Belén, la universitaria activista, la del tatuaje comunista en el culo.
Tras confirmar la cita, enfiló sus pasos hasta el rosario de su madre, colgado a las espaldas de una Virgen del Rocío pintada por un notario, amigo de la familia, poco conocido por sus dotes artísticas, y lo guardó devotamente, con la delicadeza de lo sacro, en un cajón del escritorio. Sin nada más que hacer, se desabrochó los dos primeros botones del pantalón y releyó de nuevo el articulo del periódico a la sombra de su salón refrigerado.
sábado, 12 de noviembre de 2011
A PRIMEROS, GLORIA

- A PRIMEROS, GLORIA -
Mi mujer y yo hemos madrugado lo justo (esta vez me ha hecho caso y hemos salido de casa lo suficientemente temprano) para encontrar aparcamiento a la entrada del centro comercial. Lo adecuadamente cerca para coger el carrito y entrar al hipermercado sin agobios. Es primero de mes y todos andamos algo acelerados por conseguir las bonanzas del centro.
Hemos llenado el carro con algunos excesos, pero ¿quién se puede reprimir a tantísimas ofertas? Mi mujer ha comprado un ambientador múltiple externo para la terraza, ya que hay que reconocerlo, tenemos unos olores molestos a fritanga procedentes del bar de abajo de la finca; tres rollos, de colores diferentes, de cinta adhesiva que pega por las dos caras; una capucha reversible y amoldable a cualquier trenka, y papel higiénico impregnado en fragancia lavanda.
Yo he terminado picando en la barra de sonido Dolby-D8, que me quedé con ganas el mes pasado, con diez salidas y vibración inalámbrica; un bate de béisbol con radio FM Digital Sound, y lo mejor, un volante para los videojuegos con wifi y piloto automático.
Lo hemos pagado todo con la VISA y encargado para que nos lo lleven a casa a última hora de la tarde.
Al final, lo que siempre ocurre, nos hemos entretenido demasiado para lo que nos queda por comprar en el piso superior, en el de las tiendas de moda.
Si me gustan estas tiendas de ropa es porque se han adaptado al gusto de todas las edades, todos podemos ir convenientemente vestidos a la moda guardando los límites que cada edad exige. Mi mujer prefiere una moda juvenil y desenfadada, un poco en desacorde con su edad y que yo jamás me pondría. Cuestión de formas de madurar.
Verdaderamente todo nos ha salido baratísimo. Nos hemos reído de lo lindo comentando las compras cuando después nos hemos tomado un refresco en el bar que hay junto a los cines. ¿Quién no se viste de recibo con estos precios? Ella se ha comprado tres pijamas nórdicos auténticos. Si que es verdad que en casa hace mucho calor en invierno (siempre andamos en manga corta pues la caldera de gas natural funciona de maravilla), sin embargo nunca se sabe lo que puede suceder en un momento dado. El vaquero con remiendos de retales floreados es tan original que ya le he dicho que escoja la ocasión para ponérselo sin que llegue a ofender su diseño atrevido, pero fino. Y los botines de doble curvatura en la punta le encajan a medida para su estilo.
Yo tampoco me he quedado atrás. Una ganga de chaqueta sport de lana con solapas de cuero, para cenas informales, por menos dinero que la camisa de doble cuello, escocés y blanco, con botones de raso. Y además unos pantalones burdeos de cinturilla alta y bajo con vuelta, igualitos a los que llevaba ese famoso que vimos el fin de semana pasado por las calles del centro. ¡Auténticos chollos!
Luego, hemos tomado unas hamburguesas deliciosas, para después coger el coche y llegar a casa con tiempo de sobra para recibir la compra que nos traigan del hiper. Ha habido un momento en que nos hemos mirado a los ojos y nos hemos tomado las manos emocionados, tal y cómo hacíamos de novios. Y es que estos días nos unen tantísimo, nos recuerdan tanto que nos queremos, que acabamos riéndonos y besándonos sin ton ni son. Es lo que tienen los primeros de mes.
viernes, 11 de noviembre de 2011
HALLOWEEN

- HALLOWEEN -
Era puro despilfarro poder andar por la calle sin llamar la atención. Mayoritariamente, al agrado de la moda, todos iban ataviados de zombies o de vampiros, haciendo aspavientos copiados de las películas del genero y gritando enloquecidamente. Era su día, irrefutablemente. Podía despojarse de su cotidiana bufanda y de su sombrero bien calado y mostrar su faz y su palidez de claustro. En el transcurso de esa noche dejaba de lado los insufribles veranos, tan atrapado en sus ropas, cuando iba al supermercado sobre las tres de la tarde, hora baja de venta, con el cuchillo del apresuramiento por volver cuanto antes a las cuatro paredes de su casa. Los inviernos tampoco distaban mucho pero, por lo menos, el sudor no le agobiaba en sus salidas a por comida. En el barrio se le consideraba un solterón extraño, muy solitario siempre, pero educado y buen pagador. La gente se había acostumbrado a él y podría decirse que pasaba desapercibido. Y aunque en su fuero interno él no era feliz, esa noche de las calabazas iluminadas le cargaba las pilas en cierta forma.
Pero aquella noche se atrevió a más. Se bebió una botella entera de licor de melocotón antes de salir de casa y se envalentonó despojándose, de una vez por todas, de su retraimiento de cincuentón avanzado.
Era una discoteca para maduros, decorada para la ocasión con una tenebrosidad grotesca de muy bajo presupuesto. Se apalancó en la barra para otear el horizonte. Mediado su cubalibre de ron, se sintió más expandido que nunca, con un empuje que le rejuvenecía piernas arriba. Pronto se concentró en una jamona, vestida de novia del monstruo de Frankenstein, que agitaba sus vaporosos jirones de gasa negra dejando entrever unas varicosas ancas en el espasmo de un mambo número tal de Pérez Prado. Gritaba como abducida, distorsionando su enharinado rostro con muecas, de empeño terrorífico, que fomentaban la hilaridad del grupo cercano en la pista de baile.
Él se acercó a ella con un desparpajo impropio que realzó con sus zapatos de charol en un par de pasos rítmicos. Desenfundado de su capa en el ropero, tan sólo un fular ceniciento dejaba a la vista sus ojos enrojecidos dentro de una mirada plena. Ella le tiró una tarascada festiva, pretendiendo un gruñido, al compás del mambo que rozó los muslos de él con la solidez de sus nalgas. Se convenció que era el momento. Se desenlazó el fular y se juntó a ella con arrogancia torera. Puede que fuera un suspiro, un alarido ahogado en la garganta, una exclamación recelosa, mas el rostro picado de viruela con la sombra del antojo morado desde mitad de la nariz hasta el mentón, dejó a la jamona cincuentona presa de un ronquido asfixiante que la hincó de rodillas en mitad de la pista de baile.
Él se despejó de súbito. Con grandes zancadas alcanzó la salida, su fular, su sombrero y su capa. Regresó a su casa al resguardo de la sombra de las aceras, digiriendo la brevedad de esa noche diferente a otras diferentes. A su alrededor se escuchaban algunas risotadas de gentes joviales disfrazadas.
EL BESO COLOR OCRE

- EL BESO COLOR OCRE-
Aterrado, había visto un par de veces merodear, alrededor de mi cama, a esa mezcolanza informe que parecía suspirar con un lastimero estertor. Como en una letanía penitente, rondaba de noche hasta las postrimerías de las sombras; luego regresaba al lienzo y volvía a solidificarse en la abstracción que plasmó el artista. Un día de esa misma semana, llené un cubo de disolvente y esperé impaciente la noche. Fumé lo indecible, y según caían las horas, me empapé en botella y media de ginebra con el fin de enfrentarme al pánico ineludible que supuraría el estático óleo diurno. Con las luces apagadas, sentado en la silla de tijera que escudriñaba la pintura de perfil, esperé el momento, trémulas mis manos sobre el asa del cubo. El óleo comenzó a gotear sobre el suelo a las dos menos veinte de la madrugada. Lento al principio, tomó ritmo hasta que la montonera de colores se movió, reptando al inicio y deslizándose después, cuando la amalgama había dejado el lienzo en blanco. Cuando no pude resistir más el ahogo, salté de la silla para rociar con el contenido del cubo al emplasto quejoso. El sudor de mi miedo, el fuerte olor del disolvente, el murmullo ininteligible de una pena remota, confluyeron con el atronador chasquido que provocó mi acto. Para mi asombro, tras unos segundos de confusión, apareció ante mí la turgente imagen de una mujer desnuda. Se tapaba el sexo con sus manos a la vez que me miraba impávida, con sus labios partidos en una media sonrisa. La excitación de mi pavor se emparentó con la hinchazón que notaba en mi sexo de una manera tan imperiosa que mi única fijación eran el respingo de sus senos finiquitados en sus pezones erectos. Hacía años que no veía a una mujer desnuda, tan sugerente, tan cercana. Cuando nuestros labios se unieron, sentí una quemazón que debió desvanecerme. Más tarde, cuando desperté enroscado a su cintura, confundido en color ocre, ella ocultaba mis manos tras sus caderas, mientras una veintena de ciudadanos nipones nos observaban minuciosamente en una gran sala iluminada.
- Quietos y juntos, amor, para siempre.
Susurraba ella, lastimosamente, en mi oído.
UN EQUILIBRIO
- UN EQUILIBRIO -
Por entre las rendijas de las persianas vimos cómo apaleaban a los últimos y los metían a trompicones en el furgón. Teníamos la luz de la casa apagada y nuestras respiraciones se sofocaban al más mínimo volumen. Nuestro hijo pequeño, entre mi mujer y yo, había dejado de mirar hacia un rato. Se había sentado en el suelo y se restregaba los ojos de vez en cuando. Al poco, desde la calle, comenzaron a vociferar desde los megáfonos sugiriéndonos que apagásemos las luces, cerrásemos las ventanas y diéramos por concluido el día. Aunque era pronto, nos acostamos. Mi mujer arropó a los chicos y pronto se encontró conmigo en el lecho. Se juntó a mi lado y me dijo que tenía miedo, dentro de un sollozo contenido. La abracé en un vacío de palabras.
Ese mes, según la normativa, no me correspondía trabajar, lo hacíamos seis meses al año por lo que vivíamos con un escueto sueldo la mitad del año. Realmente era imposible mantenerse con eso, pero inmiscuirse en las protestas te colocaba en el lado de la indigencia, ya jamás serías contratable virtualidad.
Por eso me sobraban las palabras cuando alguien me confesaba su miedo. Era más aconsejable empeñarse en dormir y acallar en un abrazo cualquier conjunción de miedo.
- Hasta mañana.
Le susurré a mi mujer, besándole la frente.


