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lunes, 6 de febrero de 2012

UN OFICIO: ESCRIBIR


- UN OFICIO: ESCRIBIR -

                                            "No hay absolutamente nadie que haga
                                             un sacrificio sin esperar compensación.
                                             Todo es cuestión de mercado."                         
                                                           (Cesare  Pavese)                     
                                                                                     



Soy el desempleado 3,127.527. Cuando me colocaron esta divisa, de la que apenas noté el pinchazo en un principio y posteriormente supe de sus efectos secundarios, llevaba seis meses estrenados los cincuenta años. Me parecía inaudito haber llegado a esa edad, máxime cuando soy uno de esos tipos que jamás pisó un gimnasio, ni se precipitó en dietas, y para colmo ingiero cerveza como si fuera néctar espumoso y único contenido en el santo grial. Lo concreto es que a mis cincuenta años y medio me veía engrosando la lista de parados, lo cual comprendí que poco tiene que ver con una vida saludable o disoluta. A priori no me creí mi nueva situación, pensé en unas vacaciones extras y secretas, merecidas después de trabajar desde los dieciséis años ininterrumpidamente, una especie de cámara oculta que, en cualquier momento, alborotaría mi desocupación en un plató televisivo cualquiera para llenarme de serpentinas gritándome el público: "inocente, inocente". Pero no se trataba de eso, amigos, no. Pasaban los meses sin que se desvelara la cámara oculta y, por el contrario, fehacientemente mi cuenta bancaria cada vez dejaba a mi familia y a mí con el culo al aire. Me puse manos a la obra, entre unos primeros síntomas de ansiedad que presagiaba el efecto secundario del implante de la divisa, y me dediqué a entregar en mano y por vía Internet mi currículo a diestro y a siniestro. Esta actividad febril, rozando la esquizofrenia, me entretuvo más de medio año, mas un buen día percibí, tras el circunloquio de un responsable de Recursos Humanos en una entrevista laboral, que se me consideraba un anciano para el mercado laboral contemporáneo. Fumaba, si; estaba operado de una hernia discal L5 S1, si, pero, pero, bueno cumplía sexualmente con mi mujer todos los sábados y el abono transporte me costaba los mismos euros que a un joven trabajador activo. Consulté a un amigo de un amigo que era psicólogo, especializado en lo laboral, que es una opción siempre muy recurrente, y me dijo que "que el tejido social se había tensado de tal manera que la oferta laboral poco cualificada, a partir de la cincuentena o aledaños, pasaba únicamente por el tamiz del reciclaje oportuno y efectivo". Sinceramente supuse que quería espurrearme lo antes posible, pues la consulta, a precio de amigo de amigo, o sea una tercera parte menos costosa, duró menos de diez minutos. Un poco despistado y desconfiando cada vez más de mi cuerpo, acudí a la brujería más a mano. Me desplacé hasta la casa de una gitana, que me recomendó un amigo que trabajaba en La Bolsa, para que me leyera la mano y me sacara de incertidumbres. Pagué veinte euros antes de pasar a la trastienda donde se encontraba la anciana hechicera. Me escudriñó tres o cuatro veces la mano, pasando su renegrido dedo índice por mi palma, y me miró a los ojos. Luego, suspiró, bajó la mirada, y me dijo que nunca habría de faltarme dinero, ni salud. Obviamente le pregunté por la cantidad mensual de dinero que nunca habría de faltarme, a ver si me apañaba. Y ella me respondió, ligeramente airada, que lo escrito en las manos es como un cheque sin rellenar. Entonces entraron a la habitación sus dos sobrinos, altos, jóvenes y malencarados, y me recordaron que la sesión había terminado. Acudí a otro gurú,  este más cercano a la maquinaria del Estado, el técnico de empleo. Me aconsejó, tras hojear mi vida laboral y mi currículo, que me reciclara (recordé al psicólogo con cierto recelo) con cursos que acercarán mis expectativas laborales a las necesidades autenticas de la empresa moderna. En fin, como los cursos eran gratuitos, me dejé llevar. Hice tres cursos que calificó el técnico de empleo como "punteros y con chance" : "Calibrador de mondas de patatas", muy importante en el mundo del reciclaje; "Celador para enfermos terminales", determinante a la hora de avisar a la enfermera de turno sobre un fallecimiento y su posterior traslado a la morgue; y "Limpiador especialista a cuatro alturas", obvio para que la vida fuese más transparente. En otros tantos meses (perdí la cuenta) pude comprobar que tampoco resultaban los cursos, las bolsas de empleo contemplaban mi currículo, aún florecido con mis nuevos y ensalzados conocimientos, con una brevedad vertiginosa que mareaba.
Dicen que lo endémico llega a hacer callo, como los que te salen en las manos, que no en los pies, más molestos y dolorosos, y que se intima con el callo de tal manera que llegas a perder el norte sin saber si la dureza está en un lugar concreto o te cubre todo el cuerpo. Algo así debió pasarme, pues los días pasaban y pasaban  y yo seguía tan quieto, y cada vez más pétreo, como hacía ya más de dos años. En los primeros días de primavera tuve la certeza de que alguna de mis extremidades iba a echar flores y me asusté, carajo. Tras una pesadilla, en la que me veía florecer dentro de un enorme tiesto, muy quieto y aburrido, me envalentoné, empapado en sudor por la concentración del sueño, y me levanté de la cama con una determinación. Cuando se lo comuniqué a mi mujer, tras el desayuno, mientras nos fumábamos un cigarrillo, sin mirarme se levantó de la silla y de un portazo salió de nuestra casa despotricando que me siguiera ablandando el cerebro con cerveza barata; que ella se iba a la calle a buscar trabajo realmente. ¿Realmente?, sopesé unos segundos la palabra pensativo y, a la postre, perplejo. En realidad, yo no había dejado de escribir, aún en ese lapso de despiste, desde que había trazado con el bolígrafo "Soy el desempleado 3,127.527" sobre la hoja en blanco, y por qué no, me dije en la cama tras mi florida experiencia onírica, bien podía servirme todo este montón de palabras para que alguien me diera unos euros para un par de compras en el hipermercado. Lo mismo después, como le dije a mi mujer mientras fumábamos, se me ocurre algo qué contar para el resto del mes.











(Kabalcanty. 2012)

jueves, 22 de diciembre de 2011

LAS ERAS DE MIS NAVIDADES


- LAS ERAS DE MIS NAVIDADES -


Cuando era niño las navidades eran algo mágico y misterioso que me tenían en vilo hasta el día seis de Enero. La sibilina esencia de los Reyes Magos tuvo tanta vigencia para mí que mi hermana, dos años menor que yo, tuvo que emplearse a fondo para demostrarme como sus manos etéreas, inconmensurables para dejar sus juguetes en lugares tan dispares del mundo, no eran más que uno de los muchos esfuerzos económicos de nuestros padres.
El aperitivo navideño de aquellas primeras navidades de mi niñez comenzaba el ocho de Diciembre, cumpleaños de mi hermana, cuando nuestro padre se componía a primera hora de la mañana y nos llevaba a comprar la tarta a la calle Magdalena. Tomábamos la Gran Vía, avenida de José Antonio entonces, y al poco nos deteníamos en "la tienda de los muñequitos", un largo escaparate instalado dentro de un pasillo, donde nos demorábamos contemplando los juguetes que acaso nos traerían los Reyes. Pegábamos nuestras naricillas al cristal y nos embobábamos viendo los juguetes adornados con espumillones y bolas.
Llegábamos a la Plaza del Callao y tomábamos la calle Preciados hasta desembocar en la Puerta del Sol. Nos contagiaban alegría las luces festivas, las castañeras, las loteras voceando el posible "gordo" para el día 22, todos los complementos navideños que adornaban nuestro camino. Solíamos detenernos en la calle Preciados sobre el escaparate de una tienda con maquetas de trenes, aviones o coches de carreras. A mi hermana le gustaba una pequeña granja con toda suerte de animales diminutos rodeados por una valla blanca de extremo flechado que bordeaba la vía del tren expuesto y en funcionamiento.
Subíamos la calle Carretas para enfilar Atocha maravillados y ansiosos de los días por venir. Luego, comprábamos la tarta en la calle Magdalena y regresábamos a casa por el mismo camino, esperando en el estómago la paella sin marisco que nuestra madre preparaba para ese día especial.

En los albores de la adolescencia, cuando los Reyes Magos se hicieron más cercanos y conocidos, la magia comenzó a tener patas de gallo y retortijones en el vientre. Comenzamos a pedir zapatos y jerséis de marca, similares a los que lucían los jovencitos de los carteles publicitarios de El Corte Inglés, o los maniquíes de las tiendas de moda del centro de la ciudad. La televisión, en blanco y negro todavía, no nos seducía con sus imágenes y el cine norteamericano lo veíamos como algo tan lejano como lo contemplaba la industria textil patria de aquel tiempo. Nos urgía comenzar a presumir tomando a mano nuestra cercanía más inmediata e irrevocable.
Surgieron las primeras navidades de nuevas ilusiones: los guateques en fin de año, las chicas, las primeras y deplorables borracheras, los dichosos o turbulentos proyectos amorosos para el año nuevo, los nuevos estudios, el primer trabajo de aprendiz, y la vehemente exigencia a los Reyes Magos de su regalo, aún por adelantado, para estrenarlo en nochevieja. Las fiestas navideñas se iban convirtiendo en un alocado frenesí envasado en frascos de colonia y papel de regalo de rutilantes motivos. Se concebían fiestas para despedir el año que acababan siendo un borrón de vómitos y cansancio, de churros y chocolate para poner a prueba intestinos. El día primero de Enero se instauró como jornada horribilis, sueño atrasado, resaca y tarde de cine con resquemores tácitos a oscuras y una cuesta arriba que sorteaba el día seis, ya sin reparar en él. Los juguetes buscaban su sitio en el pasado, aunque siempre la nostalgia nos llevaba a acariciar una pieza del Exin-block, un soldado yanqui o un coche deportivo rojo en el trastero, sin que nadie nos viera, queriendo jugar sin atrevernos, deseando retomar el sueño de tan sólo unos pocos años atrás.

Supongo que nuestros padres observarían nuestro cambio con comprensión, al igual que yo lo he percibido en mis hijos, pero con la sospecha heredada de ser una pérdida de indefectible recuperación por más que nos empeñásemos. 

Después, tuve unos años de navidades extremadamente solitarias. La soledad me fue cercando pausada pero eficientemente y cuando me tuvo en sus garras me pateó sin piedad hasta que se me quebró el alma, si es que llamamos "alma" a la esencia más insondable e ignota que concibe nuestra autenticidad. Durante esos años me confirmé como escritor antes que nada. Llegaba de trabajar para dedicarme de lleno a la palabra escrita y ello me hacía olvidar la soledad asfixiante que me rodeaba. A la par también me hice profesional de la bebida. Bebía los fines de semana al principio, luego cuatro de los siete días y más tarde todos los días. Las navidades se convirtieron en la excusa idónea para beber y beber sin que nadie afeara mi conducta.
Lo más sobresaliente de esos años fueron la niñez que compartí con mis sobrinos, los hijos de mi hermana. De vez en cuando participaba en sus juegos y volví a degustar la ilusión incomparable de las madrugadas del día seis de Enero. Fueron la isla terrenal donde desembarqué, rodeado del infinito mar de la soledad.

Las navidades volvieron intactas a mí cuando conocí a Ana, mi mujer a la postre. El amor me fortaleció, me colmó de esperanzas y fundió mi soledad en cenizas, nutridas de viento para no perecer. Las navidades se vistieron de proyectos, besos antes y después del fin de año y obsequios directos al corazón, que latía desbordado renovando la sangre vacilante de mis venas. Volvieron esos días festivos riendo por el centro de la ciudad, desbordando alegría por la Plaza Mayor, la Puerta del Sol, la Plaza de la Opera, la Gran Vía, Alberto Aguilera, Princesa, la Plaza de España......... Las luces de las calles volvían a embrujarme y no me importaba compartir mi dicha con cualquier rostro efusivo y anónimo que me cruzara por el camino. Todo lo sentía de color vivo y me apetecía gritarlo a los cuatro vientos aferrado a la mano de ella.

Pero la autentica vuelta a las felices navidades de mi infancia surgió con la venida de mis dos hijos. Volví a creer en los Reyes Magos porque me hice su embajador más fiel. Les contaba a mis hijos sobre los poderes y grandeza de los de oriente, escudriñando escaparates y catálogos con una entrega febril hasta en ansiado día seis. Las cenas o comidas familiares volvieron a tener sentido para mí en torno a esa fe inocente de los más pequeños en la cual me integré a las mil maravillas. La parafernalia navideña de la ciudad nos arropaba para configurar esos quince días vacacionales de ensoñación y entrega que hacia tangibles los anhelos más pueriles y límpidos. Claro, esa felicidad tenía otros nombres propios que los de mi tiempo, ahora eran micromachines, airganboys, powerangers, caballeros del zodiaco........ , sin embargo su fragancia desprendía el mismo olor que en antaño para mí. ¡Volví a jugar a diario con la excusa de mis hijos!

Estas eras navideñas, como las he querido apodar, pasan tal y cómo pasa el tiempo. A veces nos despistamos, tratamos de esquivar su huida sin que su roce nos hiera, y definitivamente solemos conformarnos sin remedio, o sea maduramos. Cada capacidad de inventiva, lo más o menos imaginativo de cada uno, gravita en pausa un tiempo corto o largo, mas finalmente termina arrojándonos a un escepticismo que llevábamos eludiendo desde que nos ausentamos de la niñez.
Pasada la primera década del siglo XXI, inmerso el mundo en una crisis económica y de valores cívicos que han instaurado los poderosos, con mis hijos ya adolescentes y tan descreídos como los nació su época, las navidades pintan muy diferentes a cómo puedo recordarlas. Me acabé de cerciorar de ello un día, hace un par de años, en que fui con Ana a una joyería-relojería a que me cambiasen la pila de un reloj de pulsera, barato como todos los que poseo, pero al que le tengo un especial cariño, pues me lo regaló mi padre hacía más de quince años. Estábamos en el meollo de las fiestas navideñas y el local estaba a rebosar, así que esperamos pacientemente nuestro turno. Cuando nos tocó el turno, la dependienta expió por encima de nuestros hombros el potencial de clientes que, en su mayoría, querrían algo más costoso que cambiar una pila. Nos despachó rápidamente arguyendo que se habían agotado las pilas, que volviéramos a la mañana siguiente. Normalmente hubiera estallado mi cólera y hubiera montado el expolio de rigor, sin embargo paso una media hora fuera de mí, con palpitaciones y falta de oxigeno que asustan mucho a Ana, y merced a ella, a su ruego presionándome el brazo, salí de la relojería indignado pero en silencio. Y es que las navidades han quedado sólo para gastar y gastar dinero con una ilusión enfermiza que nos empuja a comprar después de haber comprado. Mostramos los regalos orgullosamente pero ya estamos pensando en adquirir otros productos que no nos sirvan para nada excepto para saciar nuestra ansiedad hueca. En la televisión o en la prensa nos incitan constantemente para que no olvidemos que en las navidades el que no compra se queda fuera, algo así como un pobre pesimista amargado. Y acabamos comprando.
Por esto las navidades actuales me suenan a run run de villancico en un centro comercial, a compras antes, durante y después, a anuncios para ser auténticamente dichosos en estas fiestas y después, a aglomeraciones infelices iluminadas con leds, a bolserio y prisas, a belenes infinitos tras una urna, a películas estúpidas, a especiales sin especializar, a borracheras porque toca, a manjares calentados en microondas, a familias unidas mirando el televisor en silencio, a felicitaciones sincopadas, a mensajes idiotas iluminando el móvil, a megafiestas en megalocales, a regalos que ya se tienen, a deseos fraternales que se pierden entre la resaca, a tumulto de tráfico rodado, a campanadas con campanudos presentadores y uvas peladas, a cruce de besos en el aire, a niños jesuses pasados por casting, a la etiqueta colgando de la estrella de oriente, a Reyes Magos de rostro sospechoso, a nieve de poliespan, a niños estresados, a estresados padres, a petardeo odioso.......ruido de felicidad cuando la dicha es sorda..........
También me huelen a precipicio, a colmo, a barrera caída, a límite pisoteado.......... como también apenas me huelen a nada.  Mi compañera y yo nos inventamos una comida, nos cruzamos las manos y miramos como el Sol, al fin,  escala la hondonada de la calle en cuesta. Y, desarropados, nos besamos para no perdernos.






domingo, 13 de noviembre de 2011

EL MÁS ALLÁ DE LA LECTURA


- EL MÁS ALLÁ DE LA LECTURA -


La barriga hacía oscilar la flecha de su corbata por fuera de la barandilla de su piso céntrico. Contemplaba un esquinazo de la acampada en la plaza, sorbiendo su café, regado con unas gotas sabias de brandy, con cierta molestia que se reflejaba en esa peculiar curvatura de su labio superior que adoptó cuando las gastritis se hicieron tan perseverantes. Lo que le parecía inadmisible es que hubiera, junto a los jóvenes que habían tomado la plaza por asalto, gentes de su misma edad y aún mayores. Su suspiro, tras el último sorbo de café, se enroscó en sus pulmones en una flema que tuvo que toser para despegarla. Entró en la casa y tomó de la mesita baja de madera noble el diario del día. Buscó un articulo en concreto para leerlo con avidez, al tiempo que su labio se destensaba y su barriga acompasaba el vaivén de su pecho. Aunque hacía demasiado calor para ser primavera, cerró las ventanas de golpe, echó las persianas y conectó el aire acondicionado. Se estiró la chaqueta sobre las solapas, ajustándose el nudo de la corbata, antes de teclear el móvil. Al segundo tono, le contestó una voz femenina con la que intercambió una serie de datos.

- ......... Perdón, joven, pero hoy me gustaría que viniera Belén, la universitaria activista, la del tatuaje comunista en el culo.

Tras confirmar la cita, enfiló sus pasos hasta el rosario de su madre, colgado a las espaldas de una Virgen del Rocío pintada por un notario, amigo de la familia, poco conocido por sus dotes artísticas, y lo guardó devotamente, con la delicadeza de lo sacro, en un cajón del escritorio. Sin nada más que hacer, se desabrochó los dos primeros botones del pantalón y releyó de nuevo el articulo del periódico a la sombra de su salón refrigerado.

sábado, 12 de noviembre de 2011

A PRIMEROS, GLORIA


- A PRIMEROS, GLORIA -


Mi mujer y yo hemos madrugado lo justo (esta vez me ha hecho caso y hemos salido de casa lo suficientemente temprano) para encontrar aparcamiento a la entrada del centro comercial. Lo adecuadamente cerca para coger el carrito y entrar al hipermercado sin agobios. Es primero de mes y todos andamos algo acelerados por conseguir las bonanzas del centro.

Hemos llenado el carro con algunos excesos, pero ¿quién se puede reprimir a tantísimas ofertas? Mi mujer ha comprado un ambientador múltiple externo para la terraza, ya que hay que reconocerlo, tenemos unos olores molestos a fritanga procedentes del bar de abajo de la finca; tres rollos, de colores diferentes, de cinta adhesiva que pega por las dos caras; una capucha reversible y amoldable a cualquier trenka, y papel higiénico impregnado en fragancia lavanda.

Yo he terminado picando en la barra de sonido Dolby-D8, que me quedé con ganas el mes pasado, con diez salidas y vibración inalámbrica; un bate de béisbol con radio FM Digital Sound, y lo mejor, un volante para los videojuegos con wifi y piloto automático.

Lo hemos pagado todo con la VISA y encargado para que nos lo lleven a casa a última hora de la tarde.

Al final, lo que siempre ocurre, nos hemos entretenido demasiado para lo que nos queda por comprar en el piso superior, en el de las tiendas de moda.

Si me gustan estas tiendas de ropa es porque se han adaptado al gusto de todas las edades, todos podemos ir convenientemente vestidos a la moda guardando los límites que cada edad exige. Mi mujer prefiere una moda juvenil y desenfadada, un poco en desacorde con su edad y que yo jamás me pondría. Cuestión de formas de madurar.

Verdaderamente todo nos ha salido baratísimo. Nos hemos reído de lo lindo comentando las compras cuando después nos hemos tomado un refresco en el bar que hay junto a los cines. ¿Quién no se viste de recibo con estos precios? Ella se ha comprado tres pijamas nórdicos auténticos. Si que es verdad que en casa hace mucho calor en invierno (siempre andamos en manga corta pues la caldera de gas natural funciona de maravilla), sin embargo nunca se sabe lo que puede suceder en un momento dado. El vaquero con remiendos de retales floreados es tan original que ya le he dicho que escoja la ocasión para ponérselo sin que llegue a ofender su diseño atrevido, pero fino. Y los botines de doble curvatura en la punta le encajan a medida para su estilo.

Yo tampoco me he quedado atrás. Una ganga de chaqueta sport de lana con solapas de cuero, para cenas informales, por menos dinero que la camisa de doble cuello, escocés y blanco, con botones de raso. Y además unos pantalones burdeos de cinturilla alta y bajo con vuelta, igualitos a los que llevaba ese famoso que vimos el fin de semana pasado por las calles del centro. ¡Auténticos chollos!

Luego, hemos tomado unas hamburguesas deliciosas, para después coger el coche y llegar a casa con tiempo de sobra para recibir la compra que nos traigan del hiper. Ha habido un momento en que nos hemos mirado a los ojos y nos hemos tomado las manos emocionados, tal y cómo hacíamos de novios. Y es que estos días nos unen tantísimo, nos recuerdan tanto que nos queremos, que acabamos riéndonos y besándonos sin ton ni son. Es lo que tienen los primeros de mes.

viernes, 11 de noviembre de 2011

HALLOWEEN


- HALLOWEEN -


Era puro despilfarro poder andar por la calle sin llamar la atención. Mayoritariamente, al agrado de la moda, todos iban ataviados de zombies o de vampiros, haciendo aspavientos copiados de las películas del genero y gritando enloquecidamente. Era su día, irrefutablemente. Podía despojarse de su cotidiana bufanda y de su sombrero bien calado y mostrar su faz y su palidez de claustro. En el transcurso de esa noche dejaba de lado los insufribles veranos, tan atrapado en sus ropas, cuando iba al supermercado sobre las tres de la tarde, hora baja de venta, con el cuchillo del apresuramiento por volver cuanto antes a las cuatro paredes de su casa. Los inviernos tampoco distaban mucho pero, por lo menos, el sudor no le agobiaba en sus salidas a por comida. En el barrio se le consideraba un solterón extraño, muy solitario siempre, pero educado y buen pagador. La gente se había acostumbrado a él y podría decirse que pasaba desapercibido. Y aunque en su fuero interno él no era feliz, esa noche de las calabazas iluminadas le cargaba las pilas en cierta forma.

Pero aquella noche se atrevió a más. Se bebió una botella entera de licor de melocotón antes de salir de casa y se envalentonó despojándose, de una vez por todas, de su retraimiento de cincuentón avanzado.

Era una discoteca para maduros, decorada para la ocasión con una tenebrosidad grotesca de muy bajo presupuesto. Se apalancó en la barra para otear el horizonte. Mediado su cubalibre de ron, se sintió más expandido que nunca, con un empuje que le rejuvenecía piernas arriba. Pronto se concentró en una jamona, vestida de novia del monstruo de Frankenstein, que agitaba sus vaporosos jirones de gasa negra dejando entrever unas varicosas ancas en el espasmo de un mambo número tal de Pérez Prado. Gritaba como abducida, distorsionando su enharinado rostro con muecas, de empeño terrorífico, que fomentaban la hilaridad del grupo cercano en la pista de baile.

Él se acercó a ella con un desparpajo impropio que realzó con sus zapatos de charol en un par de pasos rítmicos. Desenfundado de su capa en el ropero, tan sólo un fular ceniciento dejaba a la vista sus ojos enrojecidos dentro de una mirada plena. Ella le tiró una tarascada festiva, pretendiendo un gruñido, al compás del mambo que rozó los muslos de él con la solidez de sus nalgas. Se convenció que era el momento. Se desenlazó el fular y se juntó a ella con arrogancia torera. Puede que fuera un suspiro, un alarido ahogado en la garganta, una exclamación recelosa, mas el rostro picado de viruela con la sombra del antojo morado desde mitad de la nariz hasta el mentón, dejó a la jamona cincuentona presa de un ronquido asfixiante que la hincó de rodillas en mitad de la pista de baile.

Él se despejó de súbito. Con grandes zancadas alcanzó la salida, su fular, su sombrero y su capa. Regresó a su casa al resguardo de la sombra de las aceras, digiriendo la brevedad de esa noche diferente a otras diferentes. A su alrededor se escuchaban algunas risotadas de gentes joviales disfrazadas.

EL BESO COLOR OCRE


- EL BESO COLOR OCRE-


Aterrado, había visto un par de veces merodear, alrededor de mi cama, a esa mezcolanza informe que parecía suspirar con un lastimero estertor. Como en una letanía penitente, rondaba de noche hasta las postrimerías de las sombras; luego regresaba al lienzo y volvía a solidificarse en la abstracción que plasmó el artista. Un día de esa misma semana, llené un cubo de disolvente y esperé impaciente la noche. Fumé lo indecible, y según caían las horas, me empapé en botella y media de ginebra con el fin de enfrentarme al pánico ineludible que supuraría el estático óleo diurno. Con las luces apagadas, sentado en la silla de tijera que escudriñaba la pintura de perfil, esperé el momento, trémulas mis manos sobre el asa del cubo. El óleo comenzó a gotear sobre el suelo a las dos menos veinte de la madrugada. Lento al principio, tomó ritmo hasta que la montonera de colores se movió, reptando al inicio y deslizándose después, cuando la amalgama había dejado el lienzo en blanco. Cuando no pude resistir más el ahogo, salté de la silla para rociar con el contenido del cubo al emplasto quejoso. El sudor de mi miedo, el fuerte olor del disolvente, el murmullo ininteligible de una pena remota, confluyeron con el atronador chasquido que provocó mi acto. Para mi asombro, tras unos segundos de confusión, apareció ante mí la turgente imagen de una mujer desnuda. Se tapaba el sexo con sus manos a la vez que me miraba impávida, con sus labios partidos en una media sonrisa. La excitación de mi pavor se emparentó con la hinchazón que notaba en mi sexo de una manera tan imperiosa que mi única fijación eran el respingo de sus senos finiquitados en sus pezones erectos. Hacía años que no veía a una mujer desnuda, tan sugerente, tan cercana. Cuando nuestros labios se unieron, sentí una quemazón que debió desvanecerme. Más tarde, cuando desperté enroscado a su cintura, confundido en color ocre, ella ocultaba mis manos tras sus caderas, mientras una veintena de ciudadanos nipones nos observaban minuciosamente en una gran sala iluminada.

- Quietos y juntos, amor, para siempre.

Susurraba ella, lastimosamente, en mi oído.

UN EQUILIBRIO

- UN EQUILIBRIO -

Por entre las rendijas de las persianas vimos cómo apaleaban a los últimos y los metían a trompicones en el furgón. Teníamos la luz de la casa apagada y nuestras respiraciones se sofocaban al más mínimo volumen. Nuestro hijo pequeño, entre mi mujer y yo, había dejado de mirar hacia un rato. Se había sentado en el suelo y se restregaba los ojos de vez en cuando. Al poco, desde la calle, comenzaron a vociferar desde los megáfonos sugiriéndonos que apagásemos las luces, cerrásemos las ventanas y diéramos por concluido el día. Aunque era pronto, nos acostamos. Mi mujer arropó a los chicos y pronto se encontró conmigo en el lecho. Se juntó a mi lado y me dijo que tenía miedo, dentro de un sollozo contenido. La abracé en un vacío de palabras.

Ese mes, según la normativa, no me correspondía trabajar, lo hacíamos seis meses al año por lo que vivíamos con un escueto sueldo la mitad del año. Realmente era imposible mantenerse con eso, pero inmiscuirse en las protestas te colocaba en el lado de la indigencia, ya jamás serías contratable virtualidad.

Por eso me sobraban las palabras cuando alguien me confesaba su miedo. Era más aconsejable empeñarse en dormir y acallar en un abrazo cualquier conjunción de miedo.

- Hasta mañana.

Le susurré a mi mujer, besándole la frente.