viernes, 17 de febrero de 2012

PADRE BENEDETTI


PADRE BENEDETTI
(A Mario Benedetti, 17-5-09)

“......Cuando está dulcemente triste
resplandece pero sin lágrimas.........”



Cuando me chistaste, lejano,
tu pelo de nieve sobre el labio,
“que fueran abolidas todas las soledades”,
me alzaste de veras, lo que nunca,
bañándome en corrientes de bautismo
con sacrosanto verso sin demora.
¡Qué diminuto había sido yo!
Ya no te dejé que pararas de hablar,
enamorado o solo, cuerdo o loco,
me unté con tus sabrosas sílabas,
cogí un macuto con ilusiones de un día
y me aventuré de explorador torpe
por los cráteres vellosos de una piel.
Y rastreando, tras veinticinco años,
un lunar, una cicatriz, un eventual grano,
hojeo, para lo más cotidiano, tu prosa,
o si, cansado, enfermo de mi cuerpo,
descabalgado el relente en mi nuca,
ceno tus inventarios con despistes y franquezas.
Dice el periódico que te fuiste,
que te faltó tiempo para legar al lunes,
mas no creo a los vocingleros obituarios.
Hoy, jueves, te he oído cantar:
“los derrotados mantenemos la victoria”,
y sé que sigues aquí, atado al imán,
contrito, cuando nos das la espalda,
por si llegó tu carta a todo el sur;
alegre, por no ser inocente en lo oscuro;
sereno, ante “esa espléndida nada
nada prometedora.”

lunes, 6 de febrero de 2012

UN OFICIO: ESCRIBIR


- UN OFICIO: ESCRIBIR -

                                            "No hay absolutamente nadie que haga
                                             un sacrificio sin esperar compensación.
                                             Todo es cuestión de mercado."                         
                                                           (Cesare  Pavese)                     
                                                                                     



Soy el desempleado 3,127.527. Cuando me colocaron esta divisa, de la que apenas noté el pinchazo en un principio y posteriormente supe de sus efectos secundarios, llevaba seis meses estrenados los cincuenta años. Me parecía inaudito haber llegado a esa edad, máxime cuando soy uno de esos tipos que jamás pisó un gimnasio, ni se precipitó en dietas, y para colmo ingiero cerveza como si fuera néctar espumoso y único contenido en el santo grial. Lo concreto es que a mis cincuenta años y medio me veía engrosando la lista de parados, lo cual comprendí que poco tiene que ver con una vida saludable o disoluta. A priori no me creí mi nueva situación, pensé en unas vacaciones extras y secretas, merecidas después de trabajar desde los dieciséis años ininterrumpidamente, una especie de cámara oculta que, en cualquier momento, alborotaría mi desocupación en un plató televisivo cualquiera para llenarme de serpentinas gritándome el público: "inocente, inocente". Pero no se trataba de eso, amigos, no. Pasaban los meses sin que se desvelara la cámara oculta y, por el contrario, fehacientemente mi cuenta bancaria cada vez dejaba a mi familia y a mí con el culo al aire. Me puse manos a la obra, entre unos primeros síntomas de ansiedad que presagiaba el efecto secundario del implante de la divisa, y me dediqué a entregar en mano y por vía Internet mi currículo a diestro y a siniestro. Esta actividad febril, rozando la esquizofrenia, me entretuvo más de medio año, mas un buen día percibí, tras el circunloquio de un responsable de Recursos Humanos en una entrevista laboral, que se me consideraba un anciano para el mercado laboral contemporáneo. Fumaba, si; estaba operado de una hernia discal L5 S1, si, pero, pero, bueno cumplía sexualmente con mi mujer todos los sábados y el abono transporte me costaba los mismos euros que a un joven trabajador activo. Consulté a un amigo de un amigo que era psicólogo, especializado en lo laboral, que es una opción siempre muy recurrente, y me dijo que "que el tejido social se había tensado de tal manera que la oferta laboral poco cualificada, a partir de la cincuentena o aledaños, pasaba únicamente por el tamiz del reciclaje oportuno y efectivo". Sinceramente supuse que quería espurrearme lo antes posible, pues la consulta, a precio de amigo de amigo, o sea una tercera parte menos costosa, duró menos de diez minutos. Un poco despistado y desconfiando cada vez más de mi cuerpo, acudí a la brujería más a mano. Me desplacé hasta la casa de una gitana, que me recomendó un amigo que trabajaba en La Bolsa, para que me leyera la mano y me sacara de incertidumbres. Pagué veinte euros antes de pasar a la trastienda donde se encontraba la anciana hechicera. Me escudriñó tres o cuatro veces la mano, pasando su renegrido dedo índice por mi palma, y me miró a los ojos. Luego, suspiró, bajó la mirada, y me dijo que nunca habría de faltarme dinero, ni salud. Obviamente le pregunté por la cantidad mensual de dinero que nunca habría de faltarme, a ver si me apañaba. Y ella me respondió, ligeramente airada, que lo escrito en las manos es como un cheque sin rellenar. Entonces entraron a la habitación sus dos sobrinos, altos, jóvenes y malencarados, y me recordaron que la sesión había terminado. Acudí a otro gurú,  este más cercano a la maquinaria del Estado, el técnico de empleo. Me aconsejó, tras hojear mi vida laboral y mi currículo, que me reciclara (recordé al psicólogo con cierto recelo) con cursos que acercarán mis expectativas laborales a las necesidades autenticas de la empresa moderna. En fin, como los cursos eran gratuitos, me dejé llevar. Hice tres cursos que calificó el técnico de empleo como "punteros y con chance" : "Calibrador de mondas de patatas", muy importante en el mundo del reciclaje; "Celador para enfermos terminales", determinante a la hora de avisar a la enfermera de turno sobre un fallecimiento y su posterior traslado a la morgue; y "Limpiador especialista a cuatro alturas", obvio para que la vida fuese más transparente. En otros tantos meses (perdí la cuenta) pude comprobar que tampoco resultaban los cursos, las bolsas de empleo contemplaban mi currículo, aún florecido con mis nuevos y ensalzados conocimientos, con una brevedad vertiginosa que mareaba.
Dicen que lo endémico llega a hacer callo, como los que te salen en las manos, que no en los pies, más molestos y dolorosos, y que se intima con el callo de tal manera que llegas a perder el norte sin saber si la dureza está en un lugar concreto o te cubre todo el cuerpo. Algo así debió pasarme, pues los días pasaban y pasaban  y yo seguía tan quieto, y cada vez más pétreo, como hacía ya más de dos años. En los primeros días de primavera tuve la certeza de que alguna de mis extremidades iba a echar flores y me asusté, carajo. Tras una pesadilla, en la que me veía florecer dentro de un enorme tiesto, muy quieto y aburrido, me envalentoné, empapado en sudor por la concentración del sueño, y me levanté de la cama con una determinación. Cuando se lo comuniqué a mi mujer, tras el desayuno, mientras nos fumábamos un cigarrillo, sin mirarme se levantó de la silla y de un portazo salió de nuestra casa despotricando que me siguiera ablandando el cerebro con cerveza barata; que ella se iba a la calle a buscar trabajo realmente. ¿Realmente?, sopesé unos segundos la palabra pensativo y, a la postre, perplejo. En realidad, yo no había dejado de escribir, aún en ese lapso de despiste, desde que había trazado con el bolígrafo "Soy el desempleado 3,127.527" sobre la hoja en blanco, y por qué no, me dije en la cama tras mi florida experiencia onírica, bien podía servirme todo este montón de palabras para que alguien me diera unos euros para un par de compras en el hipermercado. Lo mismo después, como le dije a mi mujer mientras fumábamos, se me ocurre algo qué contar para el resto del mes.











(Kabalcanty. 2012)

martes, 31 de enero de 2012

ELLAS, LA MUSA


ELLAS,  LA MUSA



En el cuenco de mi mano
te volveré a dar alimento
que te ensalce prepotente,
majestuosa, dueña de desvaríos
que te evoquen sibilina
desde donde yo no esté.
Marcaré la hoja de un nenúfar,
la prenderé al mar del estanque
y hollaré, como loco empedernido,
el sendero hacia las aceras
para dejarte avisos, besos,
hojas blancas sin tacha
que te musiten mi nido.
Soplaré quejumbrosas tempestades
sobre portones de alcantarilla,
sobre ácidos devenires fecales,
para que cuando tornes rastrera,
al trote de la iracundia,
reconozcas entero mi hálito.
No cejaré ante en engaño:
tus siluetas de formas romas,
desdentadas, vacuas, inaprensibles,
festoneadas de dudas,
alquiladas a la distancia..................
Acaso me disfrace de otro,
no tan gastado, más inocente,
al hombro, un saco de celulosa,
y en el cuenco de mi mano
te volveré a dar alimento.

jueves, 26 de enero de 2012

LOS AMIGOS RECOBRADOS

LOS AMIGOS RECOBRADOS



Iluminados nos vamos, tomados de la mano,
como si fuera noche de farra y sindioses,
caminando sin sentido por las calles del hoy,
charlando hasta la ronquera ultimísima.
Todo se mueve sin importarnos su bullir
y diríase que parecemos enamorados recientes.
Mecemos el ayer entre horizontes de ahora,
le sugerimos nanas con risas desprendidas
de racimos que no enturbió el polvo.
Nos tranquilizan nuestros cuerpos llegados
desde la cercanía de la ausencia persistente,
allá donde los ríos desembocan al vacío.
Una mirada veinte años vieja, más lerda,
pero engalanada de porvenires de bachiller,
como obstinados en que la maltratada ilusión
fecundará los eriales que sin dejar, dejamos.
Envalentonados, escuchamos el trasiego venoso
y en una inspiración, nos contenemos todos
para atesorar lo que de nosotros se desprende
y, grávido, no acabe como cáscara en piso.

jueves, 19 de enero de 2012

VESTIDO DE DIARIO

VESTIDO DE DIARIO



¡Cuán arduo cabalgo lo cotidiano!
Ese devenir de horas lasas que dormitan
en el vertedero infinito de los años.
No sé existir amoldado al diario,
confundido con un peldaño o una farola,
aupado al tráfago que habilita.
Me lloro en una nota o en una frase
y me baño con nicotina y cerveza.
Eso me aleja de los míos.
Me desenvuelve en una caída libre
cuyo fondo, negro y sofocante,
se retarda tanto que acostumbra.
Poco vale que, a veces, me despierte
en derredor de ochomiles tintados
con perlados asideros que construí
con el primer hervor de un sueño.
No. Para vivirme en este lado,
en este rescoldo de pretensiones,
debo de pellizcarme con frenesí
como si aplastara la única uva
que todos ven menos mis ojos.
No marcaré las páginas que detesto,
las dejaré al albedrío de los aires
y mantendré a oscuras la senda
que discurre hasta el aliento último.

martes, 10 de enero de 2012

A CORMAC McCARTHY



A CORMAC McCARTHY

“....Los árboles delgados. Los ríos un cieno gris. La tierra como un espantapájaros renegrido.....”




Se cubrió de ceniza la tierra,
esa misma que florecía el jardín,
que hinchó el vientre de ella,
que surcabais y bebíais a mares.
Pero ella se decantó por la muerte,
cuando la muerte se bautizó de futuro.
Te dejó a tu hijo y a tu voluntad.
Te dejó enganchado a una metálica esperanza
prendida de un anuncio de edén sureño.
Entonces caminasteis, y caminasteis:
árboles chamuscados, campos arrasados,
cadáveres embalsamados en fuego,
carbonizados vestigios de civilización;
hombres cautivos esperando ser descuartizados
por el gobierno de la violencia, de la fuerza;
lluvia ácida rutilando en la grisura
del sinfín de casas desiertas, abatidas.
Y miedo. Y desesperanza callada.
Y ceniza, más ceniza horadando
vuestros pies por la eterna carretera.
El hambre envileciendo los sesos;
el sol tosiendo a borbotones.
Hasta que apareció el mar del sur,
amnésico de azules,
agitándose con la piel de peces putrefactos
en un sepulcral silencio sin aves.
Solamente olas removiendo la nada
en la orilla yerma de granos grisáceos.
El viento no huele a sal,
sólo a humo, a ceniza que se masca.
Sin embargo, surge dios,
en toda su inexistencia terrenal,
la urgencia a conservar en postrero rincón,
esa que tu hijo mimará, ya lejos de ti.

jueves, 5 de enero de 2012

NOCHES DE REYES MAGOS


- NOCHES DE REYES MAGOS -



Por fin los juguetes, embrujados,
aleteaban la noche prendidos de los Magos.
Las sombras surtían siluetas
que pululaban ruidos crujiendo papel
y susurros que serían conjuros sibilinos.
Incapaz el sueño,
era un vaivén de ansiedades
que nos arañaba el pecho,
sin tregua a unos ojos apretados
fieles a la atadura del hechizo.
Aún abanicando sus mantos áureos,
nuestras narices ahondaban las sábanas,
quietudes sobrias, empeñadas,
ceñidas a un pellizco al almohadón
y esperando aquel sortilegio oriental
que colmara la ilusión más clara
que siempre nos despertara niños.