jueves, 22 de diciembre de 2011

LAS ERAS DE MIS NAVIDADES


- LAS ERAS DE MIS NAVIDADES -


Cuando era niño las navidades eran algo mágico y misterioso que me tenían en vilo hasta el día seis de Enero. La sibilina esencia de los Reyes Magos tuvo tanta vigencia para mí que mi hermana, dos años menor que yo, tuvo que emplearse a fondo para demostrarme como sus manos etéreas, inconmensurables para dejar sus juguetes en lugares tan dispares del mundo, no eran más que uno de los muchos esfuerzos económicos de nuestros padres.
El aperitivo navideño de aquellas primeras navidades de mi niñez comenzaba el ocho de Diciembre, cumpleaños de mi hermana, cuando nuestro padre se componía a primera hora de la mañana y nos llevaba a comprar la tarta a la calle Magdalena. Tomábamos la Gran Vía, avenida de José Antonio entonces, y al poco nos deteníamos en "la tienda de los muñequitos", un largo escaparate instalado dentro de un pasillo, donde nos demorábamos contemplando los juguetes que acaso nos traerían los Reyes. Pegábamos nuestras naricillas al cristal y nos embobábamos viendo los juguetes adornados con espumillones y bolas.
Llegábamos a la Plaza del Callao y tomábamos la calle Preciados hasta desembocar en la Puerta del Sol. Nos contagiaban alegría las luces festivas, las castañeras, las loteras voceando el posible "gordo" para el día 22, todos los complementos navideños que adornaban nuestro camino. Solíamos detenernos en la calle Preciados sobre el escaparate de una tienda con maquetas de trenes, aviones o coches de carreras. A mi hermana le gustaba una pequeña granja con toda suerte de animales diminutos rodeados por una valla blanca de extremo flechado que bordeaba la vía del tren expuesto y en funcionamiento.
Subíamos la calle Carretas para enfilar Atocha maravillados y ansiosos de los días por venir. Luego, comprábamos la tarta en la calle Magdalena y regresábamos a casa por el mismo camino, esperando en el estómago la paella sin marisco que nuestra madre preparaba para ese día especial.

En los albores de la adolescencia, cuando los Reyes Magos se hicieron más cercanos y conocidos, la magia comenzó a tener patas de gallo y retortijones en el vientre. Comenzamos a pedir zapatos y jerséis de marca, similares a los que lucían los jovencitos de los carteles publicitarios de El Corte Inglés, o los maniquíes de las tiendas de moda del centro de la ciudad. La televisión, en blanco y negro todavía, no nos seducía con sus imágenes y el cine norteamericano lo veíamos como algo tan lejano como lo contemplaba la industria textil patria de aquel tiempo. Nos urgía comenzar a presumir tomando a mano nuestra cercanía más inmediata e irrevocable.
Surgieron las primeras navidades de nuevas ilusiones: los guateques en fin de año, las chicas, las primeras y deplorables borracheras, los dichosos o turbulentos proyectos amorosos para el año nuevo, los nuevos estudios, el primer trabajo de aprendiz, y la vehemente exigencia a los Reyes Magos de su regalo, aún por adelantado, para estrenarlo en nochevieja. Las fiestas navideñas se iban convirtiendo en un alocado frenesí envasado en frascos de colonia y papel de regalo de rutilantes motivos. Se concebían fiestas para despedir el año que acababan siendo un borrón de vómitos y cansancio, de churros y chocolate para poner a prueba intestinos. El día primero de Enero se instauró como jornada horribilis, sueño atrasado, resaca y tarde de cine con resquemores tácitos a oscuras y una cuesta arriba que sorteaba el día seis, ya sin reparar en él. Los juguetes buscaban su sitio en el pasado, aunque siempre la nostalgia nos llevaba a acariciar una pieza del Exin-block, un soldado yanqui o un coche deportivo rojo en el trastero, sin que nadie nos viera, queriendo jugar sin atrevernos, deseando retomar el sueño de tan sólo unos pocos años atrás.

Supongo que nuestros padres observarían nuestro cambio con comprensión, al igual que yo lo he percibido en mis hijos, pero con la sospecha heredada de ser una pérdida de indefectible recuperación por más que nos empeñásemos. 

Después, tuve unos años de navidades extremadamente solitarias. La soledad me fue cercando pausada pero eficientemente y cuando me tuvo en sus garras me pateó sin piedad hasta que se me quebró el alma, si es que llamamos "alma" a la esencia más insondable e ignota que concibe nuestra autenticidad. Durante esos años me confirmé como escritor antes que nada. Llegaba de trabajar para dedicarme de lleno a la palabra escrita y ello me hacía olvidar la soledad asfixiante que me rodeaba. A la par también me hice profesional de la bebida. Bebía los fines de semana al principio, luego cuatro de los siete días y más tarde todos los días. Las navidades se convirtieron en la excusa idónea para beber y beber sin que nadie afeara mi conducta.
Lo más sobresaliente de esos años fueron la niñez que compartí con mis sobrinos, los hijos de mi hermana. De vez en cuando participaba en sus juegos y volví a degustar la ilusión incomparable de las madrugadas del día seis de Enero. Fueron la isla terrenal donde desembarqué, rodeado del infinito mar de la soledad.

Las navidades volvieron intactas a mí cuando conocí a Ana, mi mujer a la postre. El amor me fortaleció, me colmó de esperanzas y fundió mi soledad en cenizas, nutridas de viento para no perecer. Las navidades se vistieron de proyectos, besos antes y después del fin de año y obsequios directos al corazón, que latía desbordado renovando la sangre vacilante de mis venas. Volvieron esos días festivos riendo por el centro de la ciudad, desbordando alegría por la Plaza Mayor, la Puerta del Sol, la Plaza de la Opera, la Gran Vía, Alberto Aguilera, Princesa, la Plaza de España......... Las luces de las calles volvían a embrujarme y no me importaba compartir mi dicha con cualquier rostro efusivo y anónimo que me cruzara por el camino. Todo lo sentía de color vivo y me apetecía gritarlo a los cuatro vientos aferrado a la mano de ella.

Pero la autentica vuelta a las felices navidades de mi infancia surgió con la venida de mis dos hijos. Volví a creer en los Reyes Magos porque me hice su embajador más fiel. Les contaba a mis hijos sobre los poderes y grandeza de los de oriente, escudriñando escaparates y catálogos con una entrega febril hasta en ansiado día seis. Las cenas o comidas familiares volvieron a tener sentido para mí en torno a esa fe inocente de los más pequeños en la cual me integré a las mil maravillas. La parafernalia navideña de la ciudad nos arropaba para configurar esos quince días vacacionales de ensoñación y entrega que hacia tangibles los anhelos más pueriles y límpidos. Claro, esa felicidad tenía otros nombres propios que los de mi tiempo, ahora eran micromachines, airganboys, powerangers, caballeros del zodiaco........ , sin embargo su fragancia desprendía el mismo olor que en antaño para mí. ¡Volví a jugar a diario con la excusa de mis hijos!

Estas eras navideñas, como las he querido apodar, pasan tal y cómo pasa el tiempo. A veces nos despistamos, tratamos de esquivar su huida sin que su roce nos hiera, y definitivamente solemos conformarnos sin remedio, o sea maduramos. Cada capacidad de inventiva, lo más o menos imaginativo de cada uno, gravita en pausa un tiempo corto o largo, mas finalmente termina arrojándonos a un escepticismo que llevábamos eludiendo desde que nos ausentamos de la niñez.
Pasada la primera década del siglo XXI, inmerso el mundo en una crisis económica y de valores cívicos que han instaurado los poderosos, con mis hijos ya adolescentes y tan descreídos como los nació su época, las navidades pintan muy diferentes a cómo puedo recordarlas. Me acabé de cerciorar de ello un día, hace un par de años, en que fui con Ana a una joyería-relojería a que me cambiasen la pila de un reloj de pulsera, barato como todos los que poseo, pero al que le tengo un especial cariño, pues me lo regaló mi padre hacía más de quince años. Estábamos en el meollo de las fiestas navideñas y el local estaba a rebosar, así que esperamos pacientemente nuestro turno. Cuando nos tocó el turno, la dependienta expió por encima de nuestros hombros el potencial de clientes que, en su mayoría, querrían algo más costoso que cambiar una pila. Nos despachó rápidamente arguyendo que se habían agotado las pilas, que volviéramos a la mañana siguiente. Normalmente hubiera estallado mi cólera y hubiera montado el expolio de rigor, sin embargo paso una media hora fuera de mí, con palpitaciones y falta de oxigeno que asustan mucho a Ana, y merced a ella, a su ruego presionándome el brazo, salí de la relojería indignado pero en silencio. Y es que las navidades han quedado sólo para gastar y gastar dinero con una ilusión enfermiza que nos empuja a comprar después de haber comprado. Mostramos los regalos orgullosamente pero ya estamos pensando en adquirir otros productos que no nos sirvan para nada excepto para saciar nuestra ansiedad hueca. En la televisión o en la prensa nos incitan constantemente para que no olvidemos que en las navidades el que no compra se queda fuera, algo así como un pobre pesimista amargado. Y acabamos comprando.
Por esto las navidades actuales me suenan a run run de villancico en un centro comercial, a compras antes, durante y después, a anuncios para ser auténticamente dichosos en estas fiestas y después, a aglomeraciones infelices iluminadas con leds, a bolserio y prisas, a belenes infinitos tras una urna, a películas estúpidas, a especiales sin especializar, a borracheras porque toca, a manjares calentados en microondas, a familias unidas mirando el televisor en silencio, a felicitaciones sincopadas, a mensajes idiotas iluminando el móvil, a megafiestas en megalocales, a regalos que ya se tienen, a deseos fraternales que se pierden entre la resaca, a tumulto de tráfico rodado, a campanadas con campanudos presentadores y uvas peladas, a cruce de besos en el aire, a niños jesuses pasados por casting, a la etiqueta colgando de la estrella de oriente, a Reyes Magos de rostro sospechoso, a nieve de poliespan, a niños estresados, a estresados padres, a petardeo odioso.......ruido de felicidad cuando la dicha es sorda..........
También me huelen a precipicio, a colmo, a barrera caída, a límite pisoteado.......... como también apenas me huelen a nada.  Mi compañera y yo nos inventamos una comida, nos cruzamos las manos y miramos como el Sol, al fin,  escala la hondonada de la calle en cuesta. Y, desarropados, nos besamos para no perdernos.






2 comentarios:

  1. No veo nada...
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  2. Un desangelado texto sobre la angelada navidad, personalmente comparto este disertar sobre estas fechas, sobre el sentido de las mismas, sobre los sentimientos que despierta, a mi me quedan impresiones, porque siempre las vivía como tristes, pese a que ser hija única me dio muchos privilegios, ir creciendo me hizo pasar estas fechas enrralada adrede en su vorágine, para que pasaran pronto y no enterarme de nada, y así debió ser, porque no las termino de recordar...Mi proceso igual que el tuyo, retomé la ilusión con la llegada de mis hijos, pero en el fondo de mi misma, nunca han dejado de ser lacónicas...en cualquier caso mi querido amigo...FELICES FIESTAS.....BESOSSSS

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