martes, 27 de marzo de 2012

LA HUELGA



- LA HUELGA -

                                              
                                                                          



                                                                                           " Al río que todo lo arranca    
                                                                               lo llaman  violento,  pero
                                                                               nadie  llama  violento   al
                                                                                lecho que lo oprime."
                                                                                 ( Bertolt Brecht )






La protesta obrera no es una fiesta,
no es un silbato machacón,
ni unas siglas sobre la pancarta,
ni un pañuelo rojo, ni una canción,
ni una soflama con latiguillos.
Es la tajada de nuestra sombra,
la encelada causa común
para dejar de sonreír en la foto,
airear el rostro al futuro
venteando el presente,
es nombrarse fuera del cobijo
aún partiendo los cielos,
descabalgar de la apariencia
y patear el humo de los pies,
es ser cómplice del sinsabor ajeno
allá donde el látigo restalle.








No es un delito, ni una mancha,
ni un orzuelo para el asentado,
ni una equis para el eventual,
ni una juerga, ni un atajo,
ni una olla, ni un collar.
Es salir de lo oscuro y lucir, 
cruzar la espalda y decir no
al eco de todas las gargantas,
es plantarse y mudar el rictus,
ensoñarse entre el lodo,
embestir con un cuerno de Luna,
es masticar el polvo orgullosos,
es, definitivamente, la acción
inexcusable con lo que pensamos,
con lo que decimos embravecidos
antes del día de la huelga.  








(Kabalcanty. 2012)






miércoles, 21 de marzo de 2012

PAZ DE ESTIO


PAZ DE ESTIO



La madrugada de julio disiente
del fulgor rojizo que adivina límite
y presagia alcanzable lo infinito.
El sueño de la chicharra convence,
un viento extranjero arrastra tallos
verdeando la epidermis del asfalto.
El sudor se encajona en el olvido
dejándonos al arrullo de la mentira
que paladeamos desde el ventanal
o desde el porche que enreda la parra.
Una nube rebelde navega lerda,
desparramada en el tapete sangrante,
huérfana de multitudes, alocada.
El bullicio, candado en el cofre,
se agita en una lagartija tenaz,
aupada a su casa de teja curva.
La demora tornasolada aprieta
los minutos justos para no enamorarse,
para vislumbrar un auto remoto
o aturdirse con la sirena laboral.
Segundos, ya sólo febriles minucias,
para sentarse en el bordillo preciso
e inhalar el bostezo del día
con la certidumbre del pellizco
que amonestó al músculo pacho
y nos dio oportunidad de sentirnos.

miércoles, 14 de marzo de 2012

ZONA CERO


ZONA CERO



Cuando me encuentre, cara a cara, conmigo,
aquí, en el desierto de las cosas sencillas,
deseo saberme íntegro para no doblar la rodilla
y diluirme río que me aconseje ser mar
en inmensidad que no distinga mi boca.
Llevaré la arena seca de las cárcavas
y la retorceré ilusoriamente para hacerla liana.
No dejaré que te acerques nunca,
no permitiré que te infectes del silencio desértico
que arrasa la desolación de la última baza.
Procuraré no pensar, no ser el que fui,
ni siquiera en quien seré desde ya.
Sé que no hay agua, que la noche permanece
entre otros como yo que llegaron
porque el combate nos apeó sin forcejeo.
No debo mirarlos porque supongo que aflige.
Ni cuando se enrosquen para protegerse
de la conciencia que les exigirá recuerdos
como balas consentidas por el ojo de la diana.
Trataré de ser simiente para la broza
que, posiblemente, acallará todo de nuevo.
Sólo un hueco más, un remiendo en el vacío.

jueves, 8 de marzo de 2012


CAMATURCA



Sobre la cama desbordada
tu cuerpo lácteo bocabajo
Mi mirada
                                                tras amar
posada en un fieltro
de redondeces comestibles
Musitas sin poder quebrar
el secreto de un jadeo
Tus muslos cónicos
fertilizan las sábanas
con destellos de levedad
Cuelga el finito sol en el armario
preso enrejado de persiana
dándote la razón de tu origen
Presintiendo el final
                                                malditos finales
con el humo de mi colilla
te nublo
intacta
                                                

viernes, 24 de febrero de 2012

LA VOCACION



LA VOCACIÓN




A diario persigo rastrojos de nubes,
cirros que me respondan cuando chillo
con el desaliento de todo lo metálico
que me observa sin pestañear y mudo.
No sé si  los otros que vocean
(los conozco porque a menudo lloran)
sacan fuerza de músculos o ideas,
o quizá disimulan que su lucha personal
es estéril y fingen sonrisas a mi lado.
Me busco entre los más y los menos
para resumirme sin sentir escepticismo:
en el mamarracho, en el general, en la cima,
en el fondo del limo, en los ojos ajenos.
No hay nada, ni siquiera estas tú,
el estandarte que me compuso sobreviviente
en la hipótesis de que todo sea cierto
y no haya que lamentarse acudiendo al sueño.
Ocasionalmente, hago daguerrotipos en tinta,
los alejo de mí a patadas cuesta abajo
y los veo alejarse ofendidos, desapasionados.
Me dejo en lo alto un minuto, dos,
tras mi espalda los siento ebrios agitarse,
liberados de mi esperanza en ellos.

viernes, 17 de febrero de 2012

PADRE BENEDETTI


PADRE BENEDETTI
(A Mario Benedetti, 17-5-09)

“......Cuando está dulcemente triste
resplandece pero sin lágrimas.........”



Cuando me chistaste, lejano,
tu pelo de nieve sobre el labio,
“que fueran abolidas todas las soledades”,
me alzaste de veras, lo que nunca,
bañándome en corrientes de bautismo
con sacrosanto verso sin demora.
¡Qué diminuto había sido yo!
Ya no te dejé que pararas de hablar,
enamorado o solo, cuerdo o loco,
me unté con tus sabrosas sílabas,
cogí un macuto con ilusiones de un día
y me aventuré de explorador torpe
por los cráteres vellosos de una piel.
Y rastreando, tras veinticinco años,
un lunar, una cicatriz, un eventual grano,
hojeo, para lo más cotidiano, tu prosa,
o si, cansado, enfermo de mi cuerpo,
descabalgado el relente en mi nuca,
ceno tus inventarios con despistes y franquezas.
Dice el periódico que te fuiste,
que te faltó tiempo para legar al lunes,
mas no creo a los vocingleros obituarios.
Hoy, jueves, te he oído cantar:
“los derrotados mantenemos la victoria”,
y sé que sigues aquí, atado al imán,
contrito, cuando nos das la espalda,
por si llegó tu carta a todo el sur;
alegre, por no ser inocente en lo oscuro;
sereno, ante “esa espléndida nada
nada prometedora.”

lunes, 6 de febrero de 2012

UN OFICIO: ESCRIBIR


- UN OFICIO: ESCRIBIR -

                                            "No hay absolutamente nadie que haga
                                             un sacrificio sin esperar compensación.
                                             Todo es cuestión de mercado."                         
                                                           (Cesare  Pavese)                     
                                                                                     



Soy el desempleado 3,127.527. Cuando me colocaron esta divisa, de la que apenas noté el pinchazo en un principio y posteriormente supe de sus efectos secundarios, llevaba seis meses estrenados los cincuenta años. Me parecía inaudito haber llegado a esa edad, máxime cuando soy uno de esos tipos que jamás pisó un gimnasio, ni se precipitó en dietas, y para colmo ingiero cerveza como si fuera néctar espumoso y único contenido en el santo grial. Lo concreto es que a mis cincuenta años y medio me veía engrosando la lista de parados, lo cual comprendí que poco tiene que ver con una vida saludable o disoluta. A priori no me creí mi nueva situación, pensé en unas vacaciones extras y secretas, merecidas después de trabajar desde los dieciséis años ininterrumpidamente, una especie de cámara oculta que, en cualquier momento, alborotaría mi desocupación en un plató televisivo cualquiera para llenarme de serpentinas gritándome el público: "inocente, inocente". Pero no se trataba de eso, amigos, no. Pasaban los meses sin que se desvelara la cámara oculta y, por el contrario, fehacientemente mi cuenta bancaria cada vez dejaba a mi familia y a mí con el culo al aire. Me puse manos a la obra, entre unos primeros síntomas de ansiedad que presagiaba el efecto secundario del implante de la divisa, y me dediqué a entregar en mano y por vía Internet mi currículo a diestro y a siniestro. Esta actividad febril, rozando la esquizofrenia, me entretuvo más de medio año, mas un buen día percibí, tras el circunloquio de un responsable de Recursos Humanos en una entrevista laboral, que se me consideraba un anciano para el mercado laboral contemporáneo. Fumaba, si; estaba operado de una hernia discal L5 S1, si, pero, pero, bueno cumplía sexualmente con mi mujer todos los sábados y el abono transporte me costaba los mismos euros que a un joven trabajador activo. Consulté a un amigo de un amigo que era psicólogo, especializado en lo laboral, que es una opción siempre muy recurrente, y me dijo que "que el tejido social se había tensado de tal manera que la oferta laboral poco cualificada, a partir de la cincuentena o aledaños, pasaba únicamente por el tamiz del reciclaje oportuno y efectivo". Sinceramente supuse que quería espurrearme lo antes posible, pues la consulta, a precio de amigo de amigo, o sea una tercera parte menos costosa, duró menos de diez minutos. Un poco despistado y desconfiando cada vez más de mi cuerpo, acudí a la brujería más a mano. Me desplacé hasta la casa de una gitana, que me recomendó un amigo que trabajaba en La Bolsa, para que me leyera la mano y me sacara de incertidumbres. Pagué veinte euros antes de pasar a la trastienda donde se encontraba la anciana hechicera. Me escudriñó tres o cuatro veces la mano, pasando su renegrido dedo índice por mi palma, y me miró a los ojos. Luego, suspiró, bajó la mirada, y me dijo que nunca habría de faltarme dinero, ni salud. Obviamente le pregunté por la cantidad mensual de dinero que nunca habría de faltarme, a ver si me apañaba. Y ella me respondió, ligeramente airada, que lo escrito en las manos es como un cheque sin rellenar. Entonces entraron a la habitación sus dos sobrinos, altos, jóvenes y malencarados, y me recordaron que la sesión había terminado. Acudí a otro gurú,  este más cercano a la maquinaria del Estado, el técnico de empleo. Me aconsejó, tras hojear mi vida laboral y mi currículo, que me reciclara (recordé al psicólogo con cierto recelo) con cursos que acercarán mis expectativas laborales a las necesidades autenticas de la empresa moderna. En fin, como los cursos eran gratuitos, me dejé llevar. Hice tres cursos que calificó el técnico de empleo como "punteros y con chance" : "Calibrador de mondas de patatas", muy importante en el mundo del reciclaje; "Celador para enfermos terminales", determinante a la hora de avisar a la enfermera de turno sobre un fallecimiento y su posterior traslado a la morgue; y "Limpiador especialista a cuatro alturas", obvio para que la vida fuese más transparente. En otros tantos meses (perdí la cuenta) pude comprobar que tampoco resultaban los cursos, las bolsas de empleo contemplaban mi currículo, aún florecido con mis nuevos y ensalzados conocimientos, con una brevedad vertiginosa que mareaba.
Dicen que lo endémico llega a hacer callo, como los que te salen en las manos, que no en los pies, más molestos y dolorosos, y que se intima con el callo de tal manera que llegas a perder el norte sin saber si la dureza está en un lugar concreto o te cubre todo el cuerpo. Algo así debió pasarme, pues los días pasaban y pasaban  y yo seguía tan quieto, y cada vez más pétreo, como hacía ya más de dos años. En los primeros días de primavera tuve la certeza de que alguna de mis extremidades iba a echar flores y me asusté, carajo. Tras una pesadilla, en la que me veía florecer dentro de un enorme tiesto, muy quieto y aburrido, me envalentoné, empapado en sudor por la concentración del sueño, y me levanté de la cama con una determinación. Cuando se lo comuniqué a mi mujer, tras el desayuno, mientras nos fumábamos un cigarrillo, sin mirarme se levantó de la silla y de un portazo salió de nuestra casa despotricando que me siguiera ablandando el cerebro con cerveza barata; que ella se iba a la calle a buscar trabajo realmente. ¿Realmente?, sopesé unos segundos la palabra pensativo y, a la postre, perplejo. En realidad, yo no había dejado de escribir, aún en ese lapso de despiste, desde que había trazado con el bolígrafo "Soy el desempleado 3,127.527" sobre la hoja en blanco, y por qué no, me dije en la cama tras mi florida experiencia onírica, bien podía servirme todo este montón de palabras para que alguien me diera unos euros para un par de compras en el hipermercado. Lo mismo después, como le dije a mi mujer mientras fumábamos, se me ocurre algo qué contar para el resto del mes.











(Kabalcanty. 2012)