sábado, 28 de julio de 2012

PARA ENCARNY, EN LA AUSENCIA DE SU MADRE





- DESCANSO -

(Para Encarny, en la ausencia de su madre)


Cierra los ojos, acaricia con los labios una cumbre.
El viento te despoja de una pesada carga
y la ves fundirse en la lejanía recostada del horizonte.
Cinco pájaros de cristal picotean tu hombro
y sonríes al cosquilleo de sentirte viva y acompañada,
pero aprietas las párpados y concilias el hechizo.
Una niebla tibia te arropa con  pétalos de nenúfar
y unas tripudas nubes algodonan tus oídos.
Gimes cuando la boca celeste te reclama
con ralladura de estrella empolvando tu nariz.
Sólo entonces te atreves a cantar, a cantar como jamás,
a gritar cantado sin tormenta que ose retarte
o eco resabiado que se amolde a tus notas desgarradas.
Abre los ojos, eres tú toda, estás, no es sueño.
Un portazo ventea  a la oscuridad espantándola.
Todo es luz. Un gato pelirrojo maúlla
sobre la esquirla de un rayo de sol.

miércoles, 18 de julio de 2012

DUNA




DUNA


Una nube de polvo pálido
desdice la esperanza del horizonte.
Estás hincado de rodillas
esperando que el inopinado telón
vuelva a tornarse diáfano.
Tu mano aferra un libro
(¿acaso de páginas en blanco?)
de famélicos lomos ajados
que nombraron autor y titulo
y ahora se amansa abigarrada
una cicatriz de superpuestos sudores.
Se pausó la caricia del sol,
y la luna, en el celaje deseado,
que es torbellino de arenisca,
es un interrogante volátil.

Arrecia la tormenta furibunda.
Te pliegas sobre ti, sumiso,
aguijoneado por el mordaz picoteo
del vuelo de la tierra seca.
Besas la candente arena
y no son los labios de ella,
varada en el lienzo del horizonte,
los que reclaman tu beso.
Bebes oscuridad en tus ojos,
argamasa que tapiza tus párpados,
y escuchas un silbido monocorde
que te seduce en dejada quietud,
arropada por el hilo del sueño.
Apenas unos minutos más
para ser irreconocible duna.

martes, 17 de julio de 2012

IMPRONTA




IMPRONTA


La noche es pretensión de punto y seguido
o una bocanada de paréntesis  que escribimos
en una hoja negra con tinta negra.
Hay Lunas que apenas nos alcanzan
y unos se conforman con el sueño
y otros con el sueño de lo que fueron de día.
Mas siempre, siempre,
en el esquinazo donde nadie puede vernos,
trabajamos, ciegos, la peana que en el día embromamos
y que, enfebrecidos, embalsamamos
en el pliegue de una ingle, acaso amada.




martes, 3 de julio de 2012





- RECÓNDITO AMIGO -

( Para Alexander Vórtice, Mabel Torres, Koldo Moreno, Rosalba Pelle............., especialmente )




Poetas, narradores, pintores, vividores,
amigos desconocidos, imágenes, frases,
perfiles fantasmales que no sonáis cadenas
y no gustáis preceptos flatulentos,
surcáis la planicie cibernética
con huella vítrea sobre mi retina,
con una ilusión colgada al cuello
que asciende al caudal de la medianoche.
Sois amados espectros sin desdecir,
plumas que brotan alas al teclado,
planeta cuajado en voluta de humo,
polvo que apellida mi chalada esperanza
entre esa soledad que toma mis hombros
y me susurra tan íntima, enamorada,
que apenas descifro palabras, versos.
No quiero que sepáis de nada,
solamente amaros, intuidos en un píxel,
escucharos cómo derramados, silentes,
prolongáis esa orilla tras el monitor.


martes, 26 de junio de 2012

AGOSTO JUNTO AL MAR CON MI HIJO HÉCTOR



AGOSTO JUNTO AL MAR CON MI HIJO HÉCTOR


Sin esculpir tu perfil,
sin las dentelladas del tiempo
que desmantelan la pureza,
te observo filtrado en mar,
mar cansino sin templanza en olas,
salitre tiñendo tu algodonosa mandíbula.
Huele tu bondad en tus ojos humillados
e intuyo tu futuro como una ausencia
tan sempiterna como ala de la nada.
Oyes música por tus auriculares,
sentado en la mesa, ido de mí;
mi jarra de cerveza te viste áureo
vagabundeando, halado en el mar manso,
tras cortinas burbujeantes que enredan
tu pulso por alcanzar la otra orilla.
La vida, me embebo con bocanada
de viento marino que envuelvo
con rizadas volutas de mi cigarrillo,
cruza sus torneadas piernas frente a él
y suspira huracanada lascivia.
Mi hijo sonríe y amarra sus ojos
a los dedos desnudos de sus pies.
La luz rojiza nos va oscureciendo.
La Luna no promete nada, inerte,
claveteada en un mosaico premeditado.
Sufro por su perfil inacabado.
Sufro por su silencio musicado.
Sufro porque, sin duda, sufrirá.

sábado, 16 de junio de 2012

JACULATORIA





                       JACULATORIA



Soñemos que lo mejor este por pasar,
que la felicidad sea asequible
a cada hombre que lave sus manos
y fluya su limpieza a borbotones
como el agua que brinca del peñasco.
Nombremos a todos nuestros amores
sin dar resquicio a la vergüenza
y sin falsos homenajes sensibleros.
Montémoslos en los vientos más furibundos,
sobre el tifón más devastador,
y reguémoslos sobre los desiertos
que desesperan el fin como logro.
Juntemos lo poco que no queda de dignidad
y amasemos una carne nueva
que incumpla con los dioses venerados
y que sepa turbarse con el crujido
de un cabello cayendo sobre nieve.
Sepamos del perseguido aroma de la tormenta
con el sosiego del goteo de una hoja
que agota sus versos con la displicencia
de lo efímero más omnipresente.
Sentémonos en las orillas de las cárcavas
y mudemos la estival agonía de sus venas
en senderos que nos deslicen al meollo
                           donde siempre quisimos permanecer.

lunes, 11 de junio de 2012

EN LA ORILLA DE LAS CÁRCAVAS




EN LAS ORILLAS DE LAS CÁRCAVAS



Poco me hizo falta para el viaje, además el empeño me urgía, aconsejándome escamotear despedidas que me abocaran a un inevitable discurso.
Todo debía ser escueto, espartano.
Mis discípulos, ocho calaveras que lustré con sebo de caballo, cupieron en una saca, donde añadí varios mendrugos de pan, una botella de agua, unos libros y mis manuscritos. Un perro triste y huesudo, que acudía diariamente a que le diera las sobras de mi comida, se unió al sequito.
Preferí la noche.
Preferí el invierno.
Preferí el soplo del destino, o lo que tomé por tal.
Con la cita del crepúsculo, el perro se puso a olisquear entre la basura de un descampado en el que corrían riachuelos producidos por las lluvias de días anteriores.
Comprendí que aquel era el sitio.
Los montones de escombro hacían escarpado el terreno,
la basura, como el manto de una improvisada primavera, florecía los valles,
los arroyos zigzagueaban, entre maleza y bolsas negras anudadas, hasta perderse al final de un declive que se estrellaba entre una fortaleza de juncos de amarillentas extremidades.
Algunas ratas viejas y dos o tres perros, muy molestos con nuestra presencia, parecían ser la única vida que contemplaba nuestro asentamiento.
Más adelante, en verano, dando sepultura a mis manuscritos, vi pequeños sapos que se enterraban en la cama de los secos canalillos detrás de profundas humedades.
Hice un tendido de plástico, dispuse las calaveras en fila,
mirando sus cuencas vacías
hacia la grandeza que limitaban los macizos de escombros
y me dediqué a esperar.
Dedicaba mi paciencia a recitar versos de Poe, Rimbaud, Benedetti, Panero, Hierro, De Ory, Gil de Biedma....... por el día; y musitaba, con mi perro acurrucado en mis rodillas, en las primeras horas de la noche invernal, al calor de un cubo de lumbre, los poemas que escribí antes de mi viaje.
Apenas comía,
bebía agua sucia de los arroyuelos,
y no escuchaba nada.
Olvidé mis pastillas,
mis camisetas y mis vaqueros,
las explicaciones que debemos,
las razones por las qué,
olvidé mi aseo,
los dolores me asediaron, pero no quise escucharles,
me olvidé en parte de mí.
Mucho tenía que importarme antes
para sentirme tan ligero.
Tuvimos un invierno aguanoso que aunque me resultó molesto para la subsistencia, lo recibí con la alegría de los comienzos y el misterio de la novedad. Me sentía fuerte y con unas ganas inusitadas de escribir, pero apenas escribí una línea.
Hablaba de mis poemas antiguos con una garra que me sorprendía.
Mis calaveras me escrutaban, y supongo que hasta asentían, intimidadas por la fogosidad de mis palabras.
A veces, elevaba la voz y escuchaba un batir de alas de palomas y grajos que me resultó acogedor.
Picoteaban la basura una y otra vez, parecían no hartarse de ingerir mierda. Cuando espantaba su picoteo con mi voz, hubo algún grajo que se posó en el montón de escombro trasero de mi choza y me dedicó un graznido de reprobación.
Me hacían sonreir.
Por primavera vi los primeros seres humanos desde mi llegada.
Dos niños de raza gitana que hurgaban en la basura.
Oscuros más que su piel
se afanaban sobre cualquier hallazgo
que paseaban en bolsas de colores.
Su risa no era espontánea: era un esfuerzo
que se inclinaba hacia un lado  por entre el matojo de sus pelambreras.
No se asemejaban a otros niños,
excepto su mirada curiosa cuando vieron mis largas barbas y mi delgadez.
Me miraron, se miraron y siguieron a lo suyo.
Yo nunca les molestaba: observaba su trajín cotidiano desde la distancia, sentado en la orilla de un arroyuelo.
Un día llegó con ellos un hombre adulto; llevaba un sombrero negro y un bastón fino acabado, en su empuñadura, con unos flecos de colores. Le saludé desde mi puesto. El hombre comenzó a lanzarme improperios y a amenazarme esgrimiendo el bastón. Quise calmarle con mis manos, pero eso le encolerizó aún más.
Desaparecí al final de la pendiente, entre los juncos
que gemían a mis pies
su último aliento.
Los riachuelos se estaban secando
con el avance estacional
y los dependientes de su sangre
comenzábamos a padecer
su agonía.
En uno de esos días, mi perro se marchó. Se cansó del avance de las privaciones y abandonó el descampado cuando yo dormía. Comprendí que este viaje era sólo para mí, pues yo lo había iniciado, había encontrado el lugar convenido por la casualidad y debía esperar a que finalizase.
Porque no hay más,
sólo lo que quieras creerte
que anide en lo alto de la roca que prefieras
o que desees desvelarte bordando
la alfombra que pisen los otros
para poner tu cuño en una esquina.
El verano fue peor de lo que esperaba. Lo desértico iba cercándome. Las ratas, multitud ingente por todos lados, me royeron, hasta la carne, las uñas de los pies y de las manos cuando, exhausto, dormitaba.
Fue entonces, tras el primer vómito de sangre, cuando decidí escribir este poema.
Todavía no pensé que fuera de los últimos.
Tenía la certidumbre de que el sobreesfuerzo me iba a impedir escribir como hasta entonces, pero la prisa no montó en mi viaje.
Medité que, quizás, podría extenderme más.
Como un legado al vacío.
Como un montón de estupideces solamente aptas para estúpidos.
Como un avance de la sinrazón.
Como la explicación de lo inexplicable donde intentan aferrarse los ahogados.
Un derrumbe de escombros sepultó mis calaveras.




Me salvé por mi paseo diario hasta los juncos, cada día más lejano.
Nada se veía de mis discípulos enterrados,
con su mueca escéptica
volvieron a morir
por la causa imbécil
de seguirme.
Su educado silencio
siempre lo tuve por admirable
e intente arrastrarme a él,
pero fracasé
porque no sabía que decir silenciosamente.
Mis versos me perdían,
y tan sólo entonces, llevando en vilo a mi cuerpo,
lo que desmerece,
lograba callar
y seguir mintiéndome
para que otros me lean.
Dudé entre los juncos de extremidades cada vez más amarillentas o el cauce seco de los canalillos.
Mis manuscritos los sepultaría en la sequedad de las cárcavas, me dije gritándolo, sorprendiéndome de que mi pecho fatigoso pudiera albergar sonido alguno que no fuera el estertor. Estaba decidido. Tal vez otro otoño o invierno aguanoso lo guiara a los juncos y hasta puede que más allá. ¿Pero es que había un más allá de los juncos?
Cuando defequé sangre en riada, enterré todos aprisa; la debilidad hizo de ello una tarea ardua y penosa. En el fin, atardecía; el vapor del calor oscilaba las cimas de las montañas de escombro y tensaba las bolsas negras anudadas muy despacio.
Me senté a la orilla de una cárcava e improvisé los últimos versos.
Nadie podía escucharlos, ni siquiera yo mismo.